Panamá, 29 de marzo de 2012 |
Revolcón de los barrios |
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El gorrero
David pensó que refrescaría su garganta a costilla de la plata ajena, pero le salió un vétero que no estuvo dispuesto a dejarlo gorrear a sus anchas, por lo que le exigió que pagara
El clan de los cinco planeaba el arranque de esa noche, cada uno había hecho su respectiva llamada a la jefa de las jefas, la esposa, para avisarle que, por orden superior, todos los empleados, sin excepción, deberían quedarse a laborar hasta la medianoche. Uno de los del grupo, el más avispado, fue un poquito más allá y le dijo a su mujer: ‘Te lo adelanto para que no te emberraques después, pero me tocó trabajar con un jefecillo que siempre compra unas cajas de pinta, según él, porque así rendimos más’.
A 65 minutos antes de la hora de salida, el clan de los cinco daba los últimos toques al plan. Y se inició la colecta para el arranque. Unos segundos antes de que le tocara a David desembolsar lo suyo, fingió una urgencia estomacal y salió hacia el baño. Regresó cuando calculó que ya había pasado el tema financiero, dispuesto, como siempre, a tomar pintas gratis. Se encontró con la sorpresa de que ya el grupo había partido, pero como los gorreros también tienen su ángel guardián, tuvo la suerte de que al carro en el que iban los del arranque se le ponchó una llanta, por lo que los alcanzó en el último salto. Y se instaló a beber sin haber puesto un real, era el que más hablaba, el que cantaba, el que enamoraba a las damas que por allí circulaban, era el alma de la fiesta. Pero la suerte empezó a ponerle cara dura cuando se acabó la colecta y se integró al grupo Baldomero, un vejete adinerado, pero tacaño y con un aguante bárbaro para beber. ‘Viene la siguiente ronda y vengan los panchos’, gritó Baldomero mientras ponía la mano para recibir el vil metal. ‘Voy al baño’, dijo David al tiempo que se levantaba. Regresó casi media hora después e intentó tomar una cerveza del cubo que estaba en el centro de la mesa. ‘Hey, hey, mirando al payaso y soltando la risa’, dijo Baldomero con su voz de trueno y puso sus manotas para impedirle a David que tomara su pinta. ‘Bájate la vida fácil, pero pon la plata’, le repitió el vétero al sediento gorrero, quien no pudo controlar su sed y a viva fuerza agarró la cerveza. La reacción fue tan inesperada que a Baldomero le falló, por unos segundos, su carácter aguerrido, de manera que David tuvo tiempo de abrir la botella e ingerir unos dos tragos. ‘Siempre he dicho que esta cerveza es la que nos identifica como panameños’, agregó David en voz alta mientras hacía ruidos guturales simulando placer. ‘Suelta la plata, infeliz’, bramó Baldomero cuando vio al gorrero dispuesto a beber otro trago y le asestó un bofetón que rebotó en el lomo de la botella y de allí a los dientes de David, quien amparado en su juventud se levantó decidido a defender su pinta. No contó con que Baldomero se había graduado en las cantinas de perito antigorrero, y en menos de medio minuto le quitó la botella y le devolvió, una por una y más contundentes, todas las trompadas que David le tiró. Tras unos minutos del enfrasque, cuando ya había un reguero de vidrios, rostros sangrantes y dos grupos de apostadores, justo cuando Baldomero iba a abrir la cartera de David para sacarle la plata de la cerveza gorreada, llegaron los seguridad y salvaron al gorrero de perder su primera batalla, pues el colérico vejete, aunque le dio mongo limpio y le cerró el ojo derecho, no tuvo tiempo para sacar los dos martinelis, único capital de su rival. Desde ese día, David fue excluido irrevocablemente del clan de los cinco, del que ningún miembro lo defendió. Publicidad
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